Pascual Ros no pudo dedicarse tan sólo a una cosa. No fue capaz de limitarse a su trayectoria empresarial. Siempre tuvo una incontrolable ambición de saber. De recuperar las lagunas culturales que necesariamente tiene un joven que en su pubertad tuvo que ponerse a trabajar. Por eso, fue autodidacta. Por eso, valoró tanto el mundo de la cultura.
Fue un ejemplo de hombre renacentista. Incapaz de especializarse en una sola materia. Entusiasta de la comprensión global del mundo que le tocó vivir.
Y algo muy importante. Una persona integradora. Y tolerante. La fidelidad que profesaba a sus ideas sólo era comparable con el respeto que siempre tuvo hacía las ideas de los demás. Gran lección para los tiempos que corren.
Esa apuesta por la integración y por la tolerancia son la base de la Fundación que desde hoy 16 de abril de 2010 lleva su nombre.
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