Le conocí cuando yo apenas tenía 17 años. Fue mi primer jefe, se podría decir que mi descubridor, porque gracias a él deje de presentar discos dedicados. Vio en mí un no se qué y me mandó a la calle con un casset en la mano a recabar noticias, opiniones, a vivir la calle, como él la entendía. En aquella época yo no sabía nada de periodismo. No me interesaba la política, ni los grandes temas del momento. Andreu fue mi maestro al involucrarme en un mundo para mi desconocido, con él aprendí a pensar, a interpretar a investigar. Él abrió mi curiosidad por las cosas y a él le debo estar en este mundo apasionante del periodismo.
Fue condescendiente conmigo cuando le pedí un cambio de horario para ir a la universidad y me apoyó siempre para que sin dejar de trabajar pudiera seguir estudiando. Pese al paso de los años y a que la vida profesional nos separó, Andreu y yo no dejamos de vernos, tomar café o hablar de las cosas de este pueblo al que tanto amaba. Conocí a sus hijos a través de sus relatos, supe de sus perros, de sus paellas, de su casa de Valverde, de sus amigos, de sus coches… supe muchas cosas de él. Porque él quiso. En el último año, nuestras conversaciones se producían en el coche. Yo era su chofer favorito para llevarlo a Alicante a las reuniones de la Asociación de la Prensa de la que era vicepresidente, en los trayectos hablábamos y reíamos y yo me sorprendía de ver su fuerza, su entusiasmo y sus ganas de vivir. Me dijo una vez que el transplante de médula no había salido muy bien, pero que podría seguir viviendo aunque siempre estaría enfermo. Yo le creí. Pensé que aunque enfermo iba a vivir siempre. Y qué siempre iba a estar ahí para aconsejarme y guiarme. Lo he sentido tanto Pepe , que no tengo palabras.
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